Civilización


Civilización islámica

Breves reseñas.

El énfasis coránico en el ilm, el “conocimiento”, se convirtió en la fuerza motriz de la sociedad musulmana, lo que transformó el Islam en una civilización mundial en el siglo VIII.

En el cenit del período clásico, más de 500 definiciones de conocimiento competían por la atención de los creyentes.

Todo había comenzado con cuatro recomendaciones del Profeta Muhammad (PyB):

«¡Id en busca de la ciencia a todas partes, hasta en la China!».
«¡Echad mano de la sabiduría y no miréis el recipiente que la encierra!».
«Buscad la ciencia desde la cuna hasta la tumba».
«El que deja a su hogar en busca de conocimiento, sigue el sendero de Dios hasta el día de su regreso».

Traducciones y transmisión del saber

En un principio los primeros musulmanes pusieron mucho énfasis en las traducciones y la absorción del conocimiento de otras civilizaciones, como la egipcia, la babilónica, la griega, la india, la china y la persa. En un corto período de tiempo, se tradujeron al árabe libros en griego, siríaco, sánscrito, chino y persa: uno de los ejemplos más destacados de trasvasamiento cultural de la humanidad.

Análisis y práctica

Después de la traducción vino la ardua y prolija tarea de examinar críticamente, analizar y aceptar o rechazar los conocimientos de otras civilizaciones. La civilización musulmana se vio entonces en un profundo debate y el libro se convirtió en el vehículo clave para comunicar ideas.

La industria del papel

A comienzos del siglo VIII los libros se elaboraban con pergamino y papiro, por lo que eran difíciles de manejar y de obtener. Los musulmanes aprendieron el arte de fabricar papel de los chinos. Introdujeron una serie de innovaciones esenciales y lo convirtieron en una industria. De este modo, los libros se volvieron accesibles y relativamente baratos. Hacia principios del siglo IX, el papel ya era el soporte habitual de toda la comunicación escrita.

Fotocopiadoras humanas

La industria del conocimiento originó la profesión de al-warraqín (lit. los que manejan el papel). Los warraqín eran fotocopiadoras humanas: copiaban manuscritos fiel y rápidamente. Copiaban cientos de páginas en horas y para los tomos más largos tardaban unos pocos días. La mayoría de los warraqín elaboraban su propio papel y regenteaban sus propias librerías. Mientras que los puestos de warrãq se encontraban por todas partes en ciudades como Bagdad, Córdoba, Damasco, El Cairo, Granada, Fes y Samarcanda, las librerías en sí solían concentrarse en un barrio concreto de la ciudad. Al-Yaqubi, el famoso erudito musulmán de fines del siglo IX, contó más de cien librerías sólo en el barrio de Wadda, en Bagdad.

La librería más famosa

La librería más famosa de la historia musulmana perteneció al bibliófilo del siglo X Ibn al-Nadim (936-998). Esta librería, en Bagdad, estaba atestada de miles de manuscritos y era muy famosa como lugar de destacados escritores y hombres de letras de su época. El catálogo de su librería, al-Fihrist, es considerado una enciclopedia de la cultura islámica medieval.

Escritores y editores

La industria editorial iniciada por los warraqín se basaba en un sistema de cooperación mutua entre los escritores y sus editores. Un escritor que deseara publicar un libro comunicaba sus intenciones públicamente y también contactaba con uno o dos warraqín. El libro era “publicado” en una mezquita o en una famosa librería, donde el autor dictaba su libro cada día durante un tiempo prefijado. Cualquiera podía asistir y no era inusual que un buen número de estudiantes y eruditos estuvieran presentes durante el dictado público. Una vez que el libro estaba acabado, se presentaba un manuscrito escrito a mano al autor para que lo revisara u corrigiera. Sólo cuando el autor había dado el permiso definitivo, el libro pasaba a ser de dominio público y se hacían copias del original. Los autores, de acuerdo con el warrãq, recibían derechos de autor.

Confección y volumen

Los manuscritos escritos a mano era del tamaño de un libro actual, estaban escritos por ambas caras, llevaban cubiertas de cuero y apenas eran el doble de voluminosos que sus equivalentes impresos actuales. Por ejemplo, el manuscrito del famoso Kitab al-Agani al-kabir, escrito por el literato al-Isfahani (897-967), un compendio de pasajes de poesía y prosa, con muchas historias sobre califas, poetas, cantantes y héroes populares, constaba de 5.000 páginas agrupadas en 24 tomos. Según el historiador Ibn Jaldún (1332-1406), el califa cordobés al-Háqam II (m. 961) se hizo reservar la primera edición girándole al autor la fuerte suma de mil dinares de oro. Cuando la obra, una de las máximas y más preciosas de la literatura árabe, llegó a las manos de al-Háqam, éste quedó tan fascinado con ella que le giró otros mil dinares al autor, algo que difícilmente se haría en nuestros días.

Bibliotecas y bibliófilos

En la Edad de Oro de su civilización, los musulmanes estaban más orgullosos de sus bibliotecas que de sus armas, palacios y jardines. Cuando los castillos de los príncipes cristianos tenían bibliotecas de 10 volúmenes, mientras no excedían de 30 o 40 las de los monasterios más famosos por su ciencia, como Cluny o Canterbury, la del Cairo de los Fatimíes albergaba más de un millón 600 mil de manuscritos en cuarenta salas construidas ex profeso, y la de los califas cordobeses rondaba los 400 mil. Las bibliotecas musulmanas disponían de estantes abiertos para almacenar y exponer los libros. Nada se interponía entre los libros y sus usuarios. Éstas estaban financiadas por el Estado islámico y en ellas estaban representados todos los dominios del saber. A los lectores se les proporcionaba pluma, papel y tinta, y los bibliotecarios y los investigadores ¡percibían un salario!

Bibliotecología

La aparición de semejantes bibliotecas suscitó una pregunta fundamental: cómo clasificar el conocimiento con fines docentes y cómo organizar los libros en los estantes. Las propias clasificaciones desencadenaron la aparición de numerosos géneros de obras de consulta y bibliográficas: tesauros y diccionarios, enciclopedias, diccionarios biográficos, históricos y centenarios, tablas genealógicas, guías geográficas, así como obras de consulta narrativas e interpretativas. Fueron los musulmanes los primeros bibliotecólogos de la historia.